sábado, 18 de abril de 2009

Los experimentos de Milgram (I). Justificación y experimento nº1

"Conócete a ti mismo". Así rezaba una inscripción en la entrada del oráculo de Delfos, inscripción que Sócrates interpretó en el sentido que se le suele dar actualmente, de profundizar en el conocimiento de uno mismo. Es un buen consejo: La ignorancia es mala, entre otras cosas porque nos hace vulnerables, fáciles de manipular. Pero de entre todas las ignorancias, la que probablemente nos hace más vulnerables es la de nosotros mismos. Es la primera que debemos evitar a toda costa. Especialmente debemos ser conscientes de nuestros defectos. Si no los conocemos, otros pueden aprovecharse de ellos sin que ni siquiera nos demos cuenta. Si nos son conocidos, en cambio, podremos detectar fácilmente cuando otra persona trata de manipularnos y tomar las medidas para evitarlo.

Uno de esos defectos, la práctica del mal, no es patrimonio de psicópatas y malvados, y esto fue mostrado de un modo patente por Milgram en los 60 en sus experimentos. Resumiendo, tales experimentos consisten en ver qué ocurre si una figura de autoridad ordena a una persona torturar a otra. En realidad no hay tortura, el torturado es un actor, pero eso el torturador no lo sabe.

Estos experimentos suelen producir una primera sensación de rechazo, a mí mismo me pasó: Me parecieron inmorales. Pero no cabe duda de su valor para conocer la naturaleza humana, y sin embargo son muy poco conocidos. Sospecho que en buena parte el rechazo que producen se debe a que nos descubren una parte de nosotros demasiado desagradable. pero el conocimiento de nuestras peores facetas es necesario, en este caso concreto nos sirve para enfrentarnos a situaciones en las que el mal, bajo la forma de la autoridad, nos rete. Si es verdad que hay una tendencia a obedecer a una autoridad aun cuando lo que nos ordena es contrario a nuestros principios morales, puede que el conocerlo no elimine dicha tendencia, pero al menos nos permite estar prevenidos.

Vamos ya a explicar los experimentos de Stanley Milgram. Mediante un anuncio en un periódico se buscó a gente (varones de entre 20 y 50 años) para participar en unos experimentos acerca del aprendizaje en la Universidad de Yale. Los voluntarios recibirían una pequeña paga de 4,5 $ para gastos del viaje, paga con la que se quedarían fuera cual fuera el resultado del experimento.

A los voluntarios se les llevó a un suntuoso laboratorio dentro del recinto universitario y se les contó que el experimento era parte de un estudio sobre los efectos del castigo en el aprendizaje. Para ello los voluntarios se dividieron en dos grupos, profesores y alumnos. El profesor debería leer al alumno una lista de 4 palabras emparejadas, seguidamente leería una de ellas y el alumno debería recordar la pareja de dicha palabra. En caso de acierto el profesor simplemente pasaría a la lista siguiente lista, pero en caso de fallo le debería aplicar una descarga eléctrica.

Explicado el experimento se sortean los papeles, quién actuará como profesor y quién como alumno. Pero en realidad el experimento no es como se les contó a los voluntarios. Lo que realmente se va a medir no es si las descargas eléctricas pueden ayudar a un alumno a aprender, sino hasta qué punto una persona está dispuesta a producir descargas eléctricas dolorosas a otra. El sorteo para repartir los papeles entre profesores y alumnos tampoco es real, está amañado para que el papel de alumno lo interprete un actor contratado para el experimento. Ese actor no recibirá en realidad ninguna descarga eléctrica, pero eso el voluntario que adoptará el papel de profesor no lo sabe.

Hecho el sorteo profesor y alumno son llevados a una habitación donde el alumno es atado a una silla para evitar que éste se mueva al recibir las descargas. Como resultado el alumno no debería poder escapar. Un electrodo le es aplicado a su muñeca, pero antes se les aplica a ambos una descarga de 45 V con el electrodo, para comprobar que funciona correctamente. El director del experimento avisa: "Aunque la descarga puede ser extremadamente dolorosa, no causa ningún daño permanente".

El profesor se va entonces con el director a la habitación de al lado, en la que estarán solo ellos dos. El alumno habrá quedado solo. En esa habitación el profesor se sienta ante un aparato de aspecto imponente dotado con 30 interruptores. Cada uno de esos interruptores lleva marcado el voltaje que supuestamente se aplicará al alumno, y va desde los 15 voltios hasta los 450, subiendo de 15 en 15. Dichos interruptores están a su vez agrupados de 4 en 4 con leyendas que van subiendo por este orden:
  • Descarga ligera (de 15 a 60 voltios)
  • Descarga moderada (75 a 120)
  • Descarga fuerte (135 a 180)
  • Descarga muy fuerte (195 a 240)
  • Descarga intensa (255 a 300)
  • Descarga extremadamente intensa (315 a 360)
  • Peligro: descarga severa (375 a 420)
Más allá de los 420 voltios hay aun otros dos interruptores marcados simplemente con un "XXX" y que corresponden a 435 y 450 voltios. El aparato está preparado para que cuando un interruptor se active se encienda una luz, y la aguja de un supuesto voltímetro se dispare. Además, se oye un zumbido eléctrico. Es importante señalar que no habiendo contacto visual entre profesor y alumno, el primero solo se podrá comunicar con el segundo a través de un micrófono, por el cual le irá leyendo las palabras. El alumno, por su lado, dispone para comunicarse con el profesor de 4 interruptores, que empleará para elegir entre las posibles palabras.
La prueba ha de transcurrir así: una vez leídas las 4 parejas de palabras el profesor leerá una de ellas y dará al alumno 4 opciones para responder. Con los 4 interruptores de que dispone el alumno comunicará su elección. Si acierta, el profesor pasará al siguiente grupo de palabras, pero si falla, además se le aplicará la descarga eléctrica. El experimento empieza con la descarga de 15 V e irá subiendo de 15 en 15, hasta los 450.

El alumno, que como hemos dicho es en realidad un actor, tiene instrucciones de responder unas tres respuestas erróneas por cada respuesta correcta. De este modo el voltaje que el profesor cree aplicar irá subiendo rápidamente. Cuando llegue a los 300 V el alumno deberá golpear la pared, golpe que será claramente audible por el profesor. Además no pulsará ninguno de los interruptores. En este momento es previsible que el profesor pregunte al director del experimento qué hacer, a lo que éste ha de responder: “la ausencia de respuesta ha de ser considerada como una respuesta errónea. Espere de 5 a 10 segundos y si no hay respuesta aplique la descarga eléctrica.”

En la siguiente “descarga”, la de 315 V de nuevo se oye un golpe al administrar la descarga. A partir de ahí ya no habrá más golpes ni respuestas.
Ante las previsibles protestas por parte de los profesores, el director del experimento le pedirá que continúe hasta 4 veces. Si aun así el profesor rehúsa continuar con el experimento, éste se da por finalizado.
Solo falta para completar el experimento una forma de medirlo. Se usan para ello dos índices. El más sencillo de ellos es el % de personas que llegan hasta el final del experimento. Otro índice lo obtenemos a partir de la descarga máxima media, obtenida calculando el interruptor en el que los profesores abandonan el experimento (si no abandonan se les asigna el voltaje máximo): Si abandonan antes de propiciar ni siquiera la primera descarga, se le asigna un cero, y si llegan al final, se le asigna un 30 (recordamos que hay 30 interruptores)

Antes de dar los resultados, es interesante saber que poco antes de hacerlo se le pidió a varios estudiantes de último curso de psicología, a los que se dio una descripción detallada del experimento, que hicieran una estimación acerca de cuantos “profesores” llegarían hasta la descarga final de 450 V. La estimación media fue de un 1%

Bien, pues en realidad 26 profesores de entre 40 voluntarios llegaron al final, un 65%. La media de abandono fue en el interruptor 27. Las personas por lo común aprenden desde la niñez que no se debe hacer daño a otra persona contra sus deseos, pero la mayor parte de los sujetos obedecieron las órdenes contrarias por parte de la autoridad. No habrían sufrido ningún castigo por desobedecer, y sin embargo no lo hicieron. Observaciones y entrevistas posteriores dejaron claro que estaban actuando contra sus propios valores, y no por un instinto sádico.

Otro detalle sorprendente del experimento, aunque difícilmente evaluable, fueron signos de tensión dados por los profesores: sudores, temblores, tartamudeos, gemidos, mordeduras de los labios, uñas clavadas en la carne, incluso risas nerviosas y grotescas. En 3 casos se observaron espasmos y en uno de ellos fueron tan violentos que debió interrumpirse momentaneamente el experimento. Uno tendería a suponer que el profesor simplemente continuaría el experimento o lo abandonaría, según dictara su conciencia. Sin embargo no fue esto lo que ocurrió. La mayoría de los profesores continuaron el experimento pero dejando esas claras señales de su conflicto interno.

Un solo experimento con 40 personas puede parecer muy escaso. Efectivamente lo es, y Milgram repitió el experimento con algunas variaciones, para estudiar como diferentes factores afectarían a la obediencia. ¿Qué pasaría si el alumno estuviera a la vista del profesor? ¿Y si tuviera un problema de salud? ¿Si el director estuviera ausente, quedando solo profesor y alumno? ¿Cómo se comportan las mujeres? ¿Y si el experimento no está dirigido por una universidad, sino en una empresa comercial? Pero por hoy ya me ha quedado esto demasiado largo.

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